“Fiesta, religión y trasgresión en la Castilla barroca”

El siglo XVII se caracteriza en el mundo hispánico por la decadencia demográfica y económica de la metrópoli (Castilla) y el auge de la periferia (América española, litoral peninsular mediterráneo y atlántico). En la España profunda, las reiteradas crisis de subsistencia, la superstición y la hetero...

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Detalhes bibliográficos
Autor: Gómez Vozmediano, Miguel Fernando
Formato: artículo
Fecha de publicación:2012
País:España
Recursos:Universidad de Castilla-La Mancha
Repositorio:RUIdeRA. Repositorio Institucional de la UCLM
OAI Identifier:oai:ruidera.uclm.es:10578/41224
Acesso em linha:https://www.dimensionantropologica.inah.gob.mx/?p=8101
https://hdl.handle.net/10578/41224
Access Level:acceso abierto
Palavra-chave:Castilla
Fiesta
Fiestas religiosas
Religión
Descrição
Resumo:El siglo XVII se caracteriza en el mundo hispánico por la decadencia demográfica y económica de la metrópoli (Castilla) y el auge de la periferia (América española, litoral peninsular mediterráneo y atlántico). En la España profunda, las reiteradas crisis de subsistencia, la superstición y la heterodoxia, unidas a la torticera administración de la justicia y a la beligerancia postridentrina, se tradujeron en la degradación de los niveles de seguridad, espoleada por las tensiones sociales, políticas y antifiscales.En este contexto convulso, las autoridades, civiles y eclesiásticas, se empeñaron en el mantenimiento del orden y la ortodoxia, siendo perceptible tanto su recelo hacia lo prohibido como su esfuerzo para disciplinar a vecinos o feligreses, encauzando, siempre que pueden, los conflictos por la vía del consenso extrajudicial y el apaciguamiento de las tensiones. En todo caso, las justicias acostumbraron a velar por la decencia y la seguridad en fiestas y celebraciones.Tanto este malestar de fondo como los cambios operados en el universo de las mentalidades necesariamente se reflejaron en las fiestas tradicionales, sagradas o profanas, que jalonaban la existencia de nuestros antepasados, salpicando el calendario anual y aliviando las extenuantes jornadas labores de la época. Unas celebraciones que cohesionaban a las comunidades locales, en torno a devociones colectivas, comidas y algazaras, de paso que reafirmaban el orden y los códigos sociales aceptados de manera consuetudinaria.Celebrar y recordar unos principios religiosos permitía visibilizar el orden social y político. Ambos principios coexistían bajo unas mismas formas que la fiesta barroca trasmitía a la mayor parte del pueblo. La festividad era también un espejo social donde se reflejaban las tensiones entre las distintas instituciones participantes y las consecuencias sociales que implicaba tan compleja representación.En este contexto, fechas tan señaladas en el mundo católico como la Semana Santa, el Corpus o las fiestas patronales locales constituían momentos privilegiados de sociabilización colectiva, cuando religión, arte, emblema, regocijos, fastos y gastos se conjugan para solemnizar y gozar. Se trataba de unos eventos largamente esperados por los vecinos de cada comunidad, congregando en un espacio relativamente reducido un gentío que quería tanto ver y ser visto como disfrutar o afianzar su prestigio entre paisanos y forasteros. En esta senda, la asistencia multitudinaria a los actos comunitarios de tanto calado como eran encuentros cofradieros, romerías, fiestas patronales y ferias populares, en las que se participa en misas y procesiones, pero también se bebe, juega, compra o baila, podían degenerar en heterodoxias, malentendidos, disgustos y tumultos.Además, comprobamos como en campos y ciudades se vivía una fe supersticiosa y se tenía un gran apego a este tipo de expresiones espirituales gozosas que, comparadas con la liturgia cotidiana (recordemos, celebradas en latín y de espaldas a los fieles), constituía una evasión hacia otro tipo de experiencia trascendente, de lo extraordinario y lo irracional, en una comunión espiritual que confunde a vecinos, aldeanos y forasteros, y que unía en un mismo evento a ricos y pobres, a hombres y mujeres, a ancianos con niños.A lo largo del presente artículo nos adentramos en los entresijos de dos festejos intrínsecamente disruptivos y muy populares, celebrados durante el ciclo de invierno básicamente por jóvenes, pero desarrollados en dos escenarios radicalmente dispares: la fiesta del Obispillo (celebrada en las catedrales, por Pentecostés) y la tradición de los Reyes-pájaro (propia del medio rural, por Navidades).