Las políticas del sentido común: Feijoo contra los dislates del rigor
Llevamos décadas debatiendo el problema de las dos culturas, una polémica que desde mediados de los cincuenta ha querido objetivar una escisión traumática e irreversible entre ciencias y humanidades. Puede decirse incluso que este es ya uno de los tópicos preferidos entre los responsables de las pol...
| Autores: | , |
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| Tipo de recurso: | otro |
| Fecha de publicación: | 2003 |
| País: | España |
| Institución: | Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) |
| Repositorio: | DIGITAL.CSIC. Repositorio Institucional del CSIC |
| OAI Identifier: | oai:digital.csic.es:10261/43135 |
| Acceso en línea: | http://hdl.handle.net/10261/43135 |
| Access Level: | acceso abierto |
| Palabra clave: | Feijoo Dos culturas Ilustración española siglo XVIII novatores Teatro crítico |
| Sumario: | Llevamos décadas debatiendo el problema de las dos culturas, una polémica que desde mediados de los cincuenta ha querido objetivar una escisión traumática e irreversible entre ciencias y humanidades. Puede decirse incluso que este es ya uno de los tópicos preferidos entre los responsables de las políticas culturales de los países industrializados. No obstante, un análisis más detallado de los orígenes de esta cuestión, así como de los contenidos del influyente libro de C. P. Snow (Las dos culturas) demuestra que su éxito ha silenciado un problema más antiguo y menos circunstancial: el abismo siempre creciente entre las elites y los legos. Las dos culturas, en todo caso, remiten a referentes culturales que difícilmente podríamos encontrar en el Antiguo Régimen1. No es que la ciencia del Setecientos estuviese carente de dificultades técnicas sólo accesibles para un puñado de académicos, sino que los discursos asociados a la ciencia impregnaron con tanta amplitud las prácticas discursivas ilustradas que pocos fueron los intelectuales que pudieron eludir ese poderoso campo gravitatorio en cuyo centro estaban las obras de Linneo o de Newton. La cultura de la ciencia se imponía no sólo como una alternativa a la tradición filológica humanista, sino como un imperativo moral. Los científicos no sólo garantizaban nuevas formas de civilidad asociadas al desideratum de la utilidad pública, sino que aportaban ingente cantidad de nuevos hechos con los que contrastar la cultura heredada. Los debates entonces no eran discusiones entre expertos, sino controversias ligadas a la lucha por el control de la opinión pública. Hablamos, pues, de un proceso que involucra una expansión sin precedentes del universo de la palabra escrita y hablamos también de la circulación de un sinfín de nuevos objetos que llegaban al público con el aura que otorgamos a las pruebas. Lo más novedoso es que se trataba de hechos producidos artificialmente en el gabinete o, lo que también nos importa mucho, experiencias ordinarias que, integradas en diferentes contextos discursivos, adquirían significados inauditos. Es decir, que los públicos iban a ser bombardeados con dos tipos de fenómenos: de un lado, efectos naturales inducidos mediante máquinas que adquirían la condición de demostraciones espectaculares y, del otro, observaciones comunes al alcance de cualquiera que producían el espejismo de que los nuevos saberes no avanzaban de espaldas a los públicos. Todo ello requería la mayor imaginación y las más arriesgadas piruetas retóricas, pues la creación del nuevo lenguaje no concluiría hasta que avanzasen en paralelo nuevos espacios de consenso y nuevas formas de sociabilidad. |
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