Comunidades de afectados, procomún y don expandido

El don existe. Existe, pero como tantas cosas en nuestro mundo, incluso muy importantes, parece invisible. Allí siempre habrá una mujer cuidando de un bebé, un enfermo o un anciano. En los alrededores, cualquiera que sea la dirección a donde apuntemos, habrá alguien usando la lengua, respirando aire...

Descripción completa

Detalles Bibliográficos
Autores: Lafuente, Antonio, Corsín Jiménez, Alberto
Tipo de recurso: artículo
Estado:Versión publicada
Fecha de publicación:2010
País:España
Institución:Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)
Repositorio:DIGITAL.CSIC. Repositorio Institucional del CSIC
OAI Identifier:oai:digital.csic.es:10261/29806
Acceso en línea:http://hdl.handle.net/10261/29806
Access Level:acceso abierto
Palabra clave:Procomún
Don
Comunidades de afectados
Economía del don
Mauss
Descripción
Sumario:El don existe. Existe, pero como tantas cosas en nuestro mundo, incluso muy importantes, parece invisible. Allí siempre habrá una mujer cuidando de un bebé, un enfermo o un anciano. En los alrededores, cualquiera que sea la dirección a donde apuntemos, habrá alguien usando la lengua, respirando aire, jugando en la calle o protestando por el ruido. Y conste que podríamos subir el tono y mencionar todo lo que tenga que ver con añorar justicia, gozar paisajes, reclamar salud o disfrutar el silencio. Pero no es estrictamente necesario, pues todos comprendemos la necesidad de una infinidad de cosas para que la vida sea posible. Lo sabemos, pero hay que insistir. Está claro que hablamos de una panoplia de entes heterogéneos que no se dejan atrapar fácilmente con términos que pretenden evo- carlos en su totalidad. Es difícil, pero no imposible, porque todos tienen en común una característica que cada día es más relevante: son bienes atravesados por una geografía económica poco obvia; están fuera del mercado y muchos de ellos ni siquiera están tocados por eso que llamamos el sector público. No son patrimonializables; unos, porque son inagotables y, otros, porque no son excludibles. La lengua, por ejemplo, no sólo es interminable, sino que aumenta su valor cuanto más se usa. El aire, por su parte, es un don que nadie puede prohibir. En su conjunto hablamos de bienes que son la mejor expresión de la abundancia. No es que pertenezcan a otro mundo peregrino y obsoleto, una simple rémora de utópicos arcaísmos que impregnan nuestro imaginario y, como se dice ahora, insostenibles. Nada más alejado de la realidad que considerarlos pasto para mentes ingenuas y prácticas de salón. Garantizar la vitalidad de todos esos bienes siempre requirió mucho cuidado y mayor ingenio.