Comer para vivir, comer hasta morir. Subjetividad y voracidad

Tomando como base de reflexión La grande bouffe, de Ferreri (1973), el presente artículo se propone mostrar hasta qué punto el comer constituye en el mundo contemporáneo un perfecto emblema de la sociedad de consumo y de la propia subjetividad. Después de que se separa de su sentido y de su sensatez...

Descripción completa

Detalles Bibliográficos
Autores: Moreno Márquez, César, Mingo Rodríguez, Alicia María de
Tipo de recurso: artículo
Estado:Versión publicada
Fecha de publicación:2020
País:España
Institución:Universidad de Sevilla (US)
Repositorio:idUS. Depósito de Investigación de la Universidad de Sevilla
OAI Identifier:oai:idus.us.es:11441/181388
Acceso en línea:https://hdl.handle.net/11441/181388
Access Level:acceso abierto
Palabra clave:Arte culinario
Consumo
Glotonería
Obsesión
Sinsentido
Suicidio
Culinary art
Consumption
Gluttony
Obsession
Meaningless
Suicide
Descripción
Sumario:Tomando como base de reflexión La grande bouffe, de Ferreri (1973), el presente artículo se propone mostrar hasta qué punto el comer constituye en el mundo contemporáneo un perfecto emblema de la sociedad de consumo y de la propia subjetividad. Después de que se separa de su sentido y de su sensatez como necesidad de nutrición, el comer se torna obsesivo. En lugar de “comer para vivir”, nuestra voracidad e insaciabilidad (rasgos ya esenciales del ser humano) parecen abocar a un “comer hasta morir” o, como en el film de Ferreri/Azcona, a comer-para-la-muerte. Nos hemos convertido en tragones y glotones, en un delirio de exceso, como respuesta (absurda y, al mismo tiempo, lógica) a la imposibilidad de trascender la “ingestión” no sólo de alimento, sino de Todo. En este sentido, la última de las artes habría de ser el arte culinario, que deberá seducirnos para desear comer cuando ya no tengamos apetito. Por otra parte, desde el punto de vista ético, Ferreri/Azcona nos invitan a pensar, indirectamente, que mientras unos seres humanos mueren de inanición, nosotros morimos hartos en nuestra insaciable saciedad. El film de Ferreri se convierte, de este modo, en espejo muy actual del mundo contemporáneo y en una extraña apología irónica y triste, pero lúcida, -si se puede decir así- del seductor y mortífero arte de cocinar, que excita nuestra voracidad. Diez años después (1983), Creosota reventará, harto de comer, en El sentido de la vida.