| Sumario: | Desde tiempos inmemoriales el cielo nocturno ha ido de la mano con la cultura del ser humano, ha sido una inspiración para leyendas y relatos de nuestras civilizaciones, el guía de nuestros antepasados y la ventana por la que nos asomamos para observar que, en realidad, formamos parte de un lugar mucho más grande. Sin embargo, las últimas generaciones nos hemos acostumbrado a vivir sin contacto directo con el cielo estrellado, rodeados por cúpulas de luz que nos “protegen” de la oscuridad. Llenamos las noches de iluminación artificial, que además, está mal concebida. Olvidándonos de que la luz natural de la noche es indispensable para la pervivencia de muchas especies y que “desde hace millones de años de evolución, los ecosistemas se han adaptado a los ritmos naturales de la luna y las estrellas” (Marín y Orlando, 2007). Desde hace varios años viene sonando un nuevo término que ha surgido a raíz de estos hechos: la “contaminación lumínica”, un problema que cada día se hace más grande y cobra mayor importancia pero que, sin embargo, sigue pasando desapercibido para muchos de nosotros
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