Evolución de la práxis polícroma de la imaginería andaluza del siglo XVI al XXI: Conocer para conservar
La escultura en madera policromada andaluza, conocida como imaginería, constituye un patrimonio cultural y artístico singular que conjuga excelencia técnica, función devocional y un profundo valor identitario. Su evolución, que en este trabajo abarca desde el siglo XV hasta la actualidad, es un refl...
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| Tipo de recurso: | tesis de maestría |
| Estado: | Versión aceptada para publicación |
| Fecha de publicación: | 2025 |
| País: | España |
| Institución: | Universidad de Sevilla (US) |
| Repositorio: | idUS. Depósito de Investigación de la Universidad de Sevilla |
| OAI Identifier: | oai:idus.us.es:11441/181986 |
| Acceso en línea: | https://hdl.handle.net/11441/181986 |
| Access Level: | acceso abierto |
| Palabra clave: | Imaginería andaluza Escultura Madera policromada Policromía Práxis polícromas tradicionales en Andalucía Patrimonio cultural |
| Sumario: | La escultura en madera policromada andaluza, conocida como imaginería, constituye un patrimonio cultural y artístico singular que conjuga excelencia técnica, función devocional y un profundo valor identitario. Su evolución, que en este trabajo abarca desde el siglo XV hasta la actualidad, es un reflejo dinámico de las normas eclesiásticas y los cambios estéticos de cada época. La imaginería se define específicamente como la creación de imágenes devocionales destinadas al culto, diferenciándose de la escultura profana por su función litúrgica y catequética, alineada con un programa doctrinal regulado por la Iglesia. Esta práctica artística es un vehículo de cohesión comunitaria y se articula frecuentemente en Andalucía en torno a grupos de fe como pueden ser asociaciones, cofradías o hermandades, cuyo fervor popular, especialmente durante la Semana Santa, ha configurado un lenguaje visual compartido y ha consolidado este género como patrimonio cultural vivo. La consolidación del imaginario conceptual de imaginería en Andalucía se produce a partir del Renacimiento, que asentó un concepto de mayor naturalismo, aunque fue el Barroco (siglos XVII-XVIII) la edad de oro de este arte, alcanzando el culmen del dramatismo y la sofisticación polícroma. La Contrarreforma, impulsada por el Concilio de Trento (1545-1563), fue clave, al exigir que las imágenes fueran claras, didácticas y emocionalmente accesibles al fiel, lo que promovió un realismo extremo. Talleres como los de Juan Martínez Montañés, Juan de Mesa (Sevilla), y Alonso Cano o Pedro de Mena (Granada) fijaron los modelos de belleza idealizada y devoción emocional. Las encarnaciones al óleo con múltiples veladuras simulaban la piel humana, el dorado al agua con bol rojo aportaba lujo, y los estofados y esgrafiados mostraban la riqueza textil, sirviendo no solo como acabado, sino como vehículos esenciales para transmitir el pathos religioso. Regionalmente, la escuela sevillana se distinguió por su virtuosismo técnico y realismo procesional, mientras que la granadina enfatizó la espiritualidad pictórica y la luminosidad contenida. Tras el apogeo barroco, el siglo XVIII introdujo la sobriedad neoclásica, reduciendo el dramatismo y el uso de dorados. En el siglo XIX, la desamortización de Mendizábal debilitó a las cofradías, pero el Romanticismo historicista reavivó el interés por el Barroco, impulsando el resurgir neobarroco. La Guerra Civil y el posterior Nacionalcatolicismo revitalizaron la Semana Santa, con talleres como el de Antonio Castillo Lastrucci impulsando la imaginería procesional. El periodo contemporáneo (siglos XX y XXI) se caracteriza por la pervivencia de los modelos barrocos, pero con la integración de nuevos materiales y técnicas, como pigmentos sintéticos (azul de Prusia, rojos de cadmio), barnices de resinas acrílicas y, más recientemente, la inserción de nuevos soportes como las resinas de impresión 3D o la fibra de vidrio. Esta evolución matérica plantea un reto fundamental para la conservación-restauración. La praxis contemporánea exige un equilibrio entre la tradición artesanal y los protocolos científicos, siendo vital el conocimiento de los materiales históricos y modernos para garantizar la compatibilidad química en las intervenciones. El restaurador debe proceder con precisión, especialmente en la limpieza, ya que las capas superficiales de barnices y veladuras son las más delicadas y su pérdida elimina los matices cromáticos y la autenticidad visual. Además, se debe respetar el acabado superficial buscado por el artista, para devolver a la imagen su percepción simbólica y plástica original en su contexto devocional, consolidando así la imaginería andaluza como un arte vivo que integra espiritualidad, técnica y ciencia. |
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