Tiempo de populismos ¿y de cambios?

Si la demanda de cambios propuestos por las asambleas de habitantes de Quito que siguieron al derrocamiento de Lucio Gutiérrez, hubiese sido atendida por los diputados, posiblemente ahora tendríamos unas tantas reformas indispensables a la Constitución de 1998, pero la crisis de hegemonía política c...

Descripción completa

Detalles Bibliográficos
Autor: Bermeo, Antonio
Tipo de recurso: artículo
Estado:Versión publicada
Fecha de publicación:2007
País:Ecuador
Institución:Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales
Repositorio:Repositorio Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales
Idioma:español
OAI Identifier:oai:repositorio.flacsoandes.edu.ec:10469/4824
Acceso en línea:http://hdl.handle.net/10469/4824
Access Level:acceso abierto
Palabra clave:POPULISMO
CORREA DELGADO, RAFAEL
PARTIDOCRACIA
SÍMBOLOS ANTIIMPERIALISTAS
NACIONALISMO
LIDERAZGO
CONGRESO
CAMBIOS HISTÓRICOS
CONVULSIONES SOCIALES
CANDIDATOS PRESIDENCIALES
DEMOCRACIA INCLUYENTE
DEMOCRACIA INCLUSIVA
ECUADOR
POPULISM
SYMBOLS IMPERIALIST
NATIONALISM
LEADERSHIP
CONGRESS
HISTORIC CHANGES
SOCIAL UPHEAVAL
PRESIDENTIAL CANDIDATES
INCLUSIVE DEMOCRACY
Descripción
Sumario:Si la demanda de cambios propuestos por las asambleas de habitantes de Quito que siguieron al derrocamiento de Lucio Gutiérrez, hubiese sido atendida por los diputados, posiblemente ahora tendríamos unas tantas reformas indispensables a la Constitución de 1998, pero la crisis de hegemonía política continuaría, con partidos políticos enconchados en sus respectivas provincias y cantones. El primer acierto político del candidato Rafael Correa fue sintonizarse con esa propuesta de cambio, enfocarse en su primer enemigo –la partidocracia– y tomar su audaz medida: no presentar candidatos a diputados. Algunos dicen que con ello evitó además la dispersión de su movimiento, en el cual, como en todos los demás, nadie quiere menos que el primer lugar de la lista de candidatos para lo que fuera. Y este fue además el primer cambio de lenguaje e imagen. El segundo acierto fue enfrentar a quien entonces era el principal representante del statu quo, León Febres Cordero, en su propio terreno: en la política y en la arena electoral. Nadie lo había hecho, y con ello rompió el mito de su invencibilidad. Y lo jubiló.