Lo infrecuentado de todas las cosas

La pregunta que Horacio González arrastra cuando escribe, cuando habla: ¿cómo desarrollar un "arte de la memoria" pública capaz de admitir lo involuntario? Se trata, seguramente, de un trabajo de preservación, pero también de descubrimiento. Hacer una "arqueología política" es no...

Descripción completa

Detalles Bibliográficos
Autor: Tatián, Diego
Tipo de recurso: artículo
Estado:Versión publicada
Fecha de publicación:2019
País:Argentina
Institución:Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas
Repositorio:CONICET Digital (CONICET)
Idioma:español
OAI Identifier:oai:ri.conicet.gov.ar:11336/129315
Acceso en línea:http://hdl.handle.net/11336/129315
Access Level:acceso abierto
Palabra clave:MEMORIA
SOCIEDAD
UNIVERSIDAD
CRÍTICA
https://purl.org/becyt/ford/5.4
https://purl.org/becyt/ford/5
Descripción
Sumario:La pregunta que Horacio González arrastra cuando escribe, cuando habla: ¿cómo desarrollar un "arte de la memoria" pública capaz de admitir lo involuntario? Se trata, seguramente, de un trabajo de preservación, pero también de descubrimiento. Hacer una "arqueología política" es no sólo hallar ideas que alguna vez estuvieron vivas, afectaron o conmovieron una ciudad, y hasta hoy estaban enterradas y sin recuerdo, sino también es hacer una "arqueología urbana" en sentido estricto, es decir descubrir sitios de tiempo extinto, puntos de encuentros, casas, plazas, lugares de reunión, patios, calles, objetos, bibliotecas, muros, donde acciones, ideas y pasiones alguna vez tuvieron origen y por donde transitaron o dejaron marcas quienes las experimentaron o concibieron.En los resquicios de ciudades vulneradas por el discurso y el "progresismo" neoliberal persisten otras ciudades más antiguas, viejas memorias comunitarias y tradiciones culturales que evocan nombres perdidos con los que es posible entrar en interlocución. Se trata de una manera de comprender la política -que Horacio González nos ha enseñado tantas veces- como encrucijada de la invención y el diálogo con muertos. Sin ese diálogo, sin una memoria urbana de antiguas batallas sociales (que muchas veces es una memoria involuntaria), no podrían abrirse paso nuevas resistencias; sin una memoria de antiguas luchas obreras no sería posible una huelga; sin una memoria de movimientos estudiantiles de otros tiempos, sería difícil la irrupción renovada de estudiantes en custodia de lo común. Esa memoria, no siempre consciente, y ese diálogo, no siempre explícito, alojan novedades capaces de abrir la historia y manifestar lo que nunca tuvo lugar, lo potencial, lo que no ha sucedido aún.